Institution

Salí con Nacho de la Iglesia; vió mi cara aún más pálida de lo que está normalmente y se dio cuenta que no podía seguir ahí adentro. Los casamientos jamás me gustaron.

Mi mamá le había pedido a su prima un vestido que había pasado por todas las generaciones de su familia. Calzaba perfecto o eso recuerdo, es difícil pensar que podía usar algo prestado. Nunca me llevé mal con su lado de la familia pero el problema es que siempre me sentí una intrusa. Muchos chistes internos, demasiados veranos juntos en Pinamar y por ende, múltiples anécdotas que provocan una inhabilidad en mi cerebro para hacer sinapsis y recordar todos los nombres de las personas involucradas.

Lo que sucedió fue que durante toda la noche me estuvieron pidiendo que me sacara una foto con el vestido y siempre dije que no, al parecer no me sentía cómoda en lo que, realmente era un vestido de princesa. Ahora que lo pienso mi mamá debería haberlo entendido porque ella jamás estaba dispuesta a ser fotografiada. También recuerdo al ex esposo de una de sus primas quien era una de esas personas que le quieren caer bien a todo el mundo y lo intentan mediante chistes malos y sexistas en su mayoría. De más está decir que ya no es parte de la “familia”.

Que alguien como Liz estuviese de blanco era la razón principal de mi desconformidad con la situación que me llevó a congelarme en un vestido que las monjas de la Iglesia en la que estaba hace instantes, no hubiesen aprobado jamás.

– La próxima al dramatismo sumale el tapado, sino vamos a tener que llevarte al hospital en el auto con moño incluido.

– Cómo te quiero en este momento, Nacho. – Le digo mientras rompo con mi propia política que me permite fumarme un único pucho a la madrugada y prendo uno. Él no dijo nada al respecto y se limitó a aceptarme uno, creo que por primera vez, porque ante la incertidumbre siempre tengo un atado en la cartera y cuando lo veo sobrepasado le ofrezco uno, el cual él siempre rechaza, principalmente, en mi opinión, para sentirse en control de la situación, de él mismo.

– Sos muy expresiva boluda, hacete la idea de una vez. – Tiene razón, ya me lo habían dicho varias veces y personas muy particulares, por lo cual lo debía ser verdad. – Dale, sentémonos, pero no mirando a la Iglesia, quiero darle la espalda a Dios.

Nacho fue el único amigo varón del ingreso a la Facultad que me quedó. Él se juntaba con Liz y conmigo principalmente porque nos llevábamos con una chica, Romina, que a él le parecía la “minita más interesante a la hora de los detalles” (dixit). Estas particularidades incluían la manera en que sus dedos se entrecruzaban al hacerse un rodete y la secuencia de miradas predeterminada al copiar del pizarrón las tablas de verdad de Lógica. Luego descubrimos era admiradora de “el nivel de inteligencia estratégica” de Hitler y nos fuimos abriendo paso paulatinamente. Nacho nos acompañó desde entonces.

– Liz jamás fue católica, ¿por qué accede a hacer esta ceremonia de mierda para probarle su amor a Dios? – Dejé de lado el hecho de que yo no creo en la existencia de dicha deidad porque no iba al caso y sólo iba a enojar a Nacho llevando el tema a ese terreno. – Las únicas reglas por las que vivió fueron las del feminismo y ahora se está casando y aceptando ser “de Díaz”.

– La gente se casa, conviene económicamente y, si quiere empezar a ahorrar para dejar de alquilar, te diría que la política de Maquiavelo es aplicable.

– Está gastando más de un préstamo bancario en la fiesta.

– Sami, ya está; es lo que ella eligió hacer. Vos y yo la conocemos, no cambió ella, sólo sus ideales y eso no está mal. Se ponía nerviosa cuando faltaba una semana para los parciales cuando tenía todo leído y resumido y ¿creías que los 30 no le iban a afectar de la misma manera? La querés mucho pero, tiene sus debilidades.

– Ya le diste vueltas a la idea, ¿no?

– No es el primer pucho del día.

Estábamos volviendo a nuestro banco en la Iglesia y Nacho me detiene.

– Vení que te hago una cruz en la frente con agua bendita.

– Sos lo peor del mundo.

– Me querés mucho, mucho, mucho.

– Sí, tonto.

– ¿Qué hacés si te digo que Liz invitó a todo el grupo del complejo de Pinamar?

– Me estás jodiendo.

– …

– ¿Leandro?

– El idiota flasheó premios BAFTA y vino con moño.

– Ahogame en agua bendita.

Leandro y yo nos conocimos en una fiesta en Pinamar. Su familia alquilaba la casa que se encontraba al lado de la que mi abuelo nos había prestado a mis amigas y a mí por una semana. Los padres de él se fueron a Mar de las Pampas a visitar unos amigos y él aprovechó la situación y agrupó un importante número de personas que estaban veraneando en distintas ciudades de la costa. La cuestión es que la terraza se transformó en un lugar en común para ambas reuniones.

 

“La teoría no tiene sentido; Mr Pink es el mozo de Mía y Vincent, al que le piden el milkshake de 5 dólares; es posterior a Reservoir Dogs, no en simultáneo. Nadie explica por qué no había policías, pierde la gracia el film”.

Así me encontré con Leandro una madrugada de sábado, alrededor de las 4 a.m. Se aisló de todo y se sumergió en el mundo de Tarantino durante 2 horas conmigo y jamás perdió ritmo. Es increíble todo lo que podía comentar y discutir. Me enamoré desde ese momento. Siempre supe las conexiones entre las historias de las películas pero jamás me enteré que llegaba tan profundo que incluía a los actores, exceptuando Kill Bill.

La semana siguiente estábamos bailando “You can never tell” en frente a la pantalla de su proyector y quise tenerlo infinitamente.

Terminó el video de fotos familiares remixado con contemporáneas de la pareja y sus amigos y salí a la terraza del edificio. Tenía un miedo inexplicable a la pileta; me senté en una silla bajo una gacebo porque no me animé a usar las reposeras.

– Finalmente caíste, Sam. Yo apostaba por tu compromiso a acceder a uno por día.

Mis salidas nunca pueden pasar desapercibidas.

– Leandro, no me jodas.

– La voz ronca no va con vos.

– No me vas a escuchar, por lo menos no a menudo. No pensé que Liz pudiese cometer dos cagadas en un día, casarse e invitarte a vos sin avisarme al menos.

– ¿Seguís en modo anti? La gente se casa, es una forma de reafirmar el amor, dejá de desmerecer a la gente que está segura de la persona a la cual eligieron y que decide compartirlo de esta manera.

– Qué comentario de mierda para hacerme en un casamiento. A vos te gustó este modo, por mucho tiempo; ¿me equivoco? – Él llevó la conversación a tal punto con tal facilidad y decidí hacer lo mismo.

– Es que me acuerdo y me enoja. Y sí, me gustó, muchísimo, ¿eso no te quedó claro?

– Yo debería enojarme porque pensaste que no estaba segura de vos. No seas boludo.

– Pensé que sería una etapa. Así como de adolescente te sentís independiente y poderoso al estar solo y después te das cuenta que la cosa no va por ese lado, creí que ibas a cambiar de parecer… y después me eché la culpa y sentí que era por mí que vos no te animabas a un compromiso de tal magnitud.

– En la escuela de cine no te dijeron que la tipografía de las tarjetas de Saul Goodman y de Max Cherry son la misma, ¿no?

– Sos una enferma.

– Lo tenía que decir, me voló la cabeza.

– Casate conmigo.

– Ni en pedo.

– Samantha, ¿me estás cargando?

 

– Lean, te lo dije una y mil veces.

– No te voy a mentir, fue reconfortante saber que reaccionaste de la misma manera con Gonzalo. ¿Cuánto más duró después?, ¿cinco meses? – Estaba al tanto de todo y no me animé a preguntar quién le podría haber contado todo con tal lujo de detalle. Estoy a punto de trasladar a Liz de la capilla al freezer.

– Tres. Creo que el último ya había conseguido una minita por el chamuyo del pibe sensible que sí se quiere casar.

– Por favor decime que no me encasillás de esa forma a mí, Sam. – Lo dijo casi rogando y juro que me partió el alma.

– No bailé con nadie más ningún soundtrack de Tarantino, seguís intacto en dicho ámbito y planeo que siga así.

Le devolví el voto de confianza al decirle eso y se sentó al lado mío. No sé si alguien salió a buscarnos en algún momento o si habrán dado algún discurso y la verdad, no me importó. Siempre era una locura hablar con Leandro y esta vez no fue la excepción. Estaba dirigiendo su primer largometraje y al contarme la experiencia del set parecía que describía Disney. Nada lo volvía más hermoso para mí que verlo en esa situación.

Pasó un rato y al haberme dado cuenta de que había llegado al nivel de espontaneidad que de alguna manera siempre lograba alcanzar con él, decidí preguntarle algo que me dio vueltas en la cabeza desde que me enteré que sabía sobre mi relación, más específicamente, sobre cómo terminó, mi relación con Gonzalo. Sí, estuvimos hablando y todo, pero quedaron latente en mí hipótesis de escenarios sobre su reacción frente al hecho, qué pensó en ese momento y qué retrospección hizo con ello de nosotros.

– ¿Hacía falta que pasara por lo de Gonzalo para que te dieras cuenta que siempre voy a ser así?

– El champagne siempre te liberó la lengua con una facilidad increíble.

– Te extrañé muchísimo, quise pensar que luego de un tiempo ibas a seguir queriendo estar conmigo. – Le dije, ignorando su comentario completamente.

– Me estarías pidiendo que abandone mis proyectos por los tuyos, es lo que vos no hiciste por mí.

– Me niego a pensar en que tuvimos una relación con fecha de caducidad o que era un círculo vicioso.

– Pasaron, ¿cuánto? Casi dos años y medio y mirá cómo estamos. Es al revés, no tiene fecha de vencimiento. – Me dijo de forma graciosa y a la vez con un tono difícil de explicar, que buscaba dejarme en claro que no debía ser ingenua y pensar que éramos algo ordinario. Sí, su decir denotaba eso, de alguna forma había logrado transmitirme eso.

Él sonrió y yo me mordí el labio. Hay clichés inevitables.

Después bailamos.

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About Lucía

Escondida bajo la imagen de múltiples personajes, ya sean de comedias musicales o series. Me hago cargo de mis posts viejos a pesar de lo que piense ahora de ellos. Mi familia cree que puedo llegar a ser escritora por haber narrado creativamente un viaje pero yo quiero ser Licenciada en Psicología.

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